sábado, 7 de julio de 2012

EL ESTATUTO DE LA CITA.




Por Armando Almánzar Botello



Se cita como "argumento" y no como "método", cuando no se tienen argumentos propios, ideas bien 'metabolizadas', ni auténtica capacidad para conceptualizar con vigor y pertinencia en el contexto histórico específico de un problema o disciplina.

Para hablar sobre un tema de manera idónea, crítica, evidentemente hay que conocerlo, estudiarlo: su conocimiento y/o dominio no nos llega por intuición o telepatía nano-robótica.

No obstante, me parece horrible el 'método' de algunos intelectuales cuando creen ser muy originales y de hecho se limitan a reproducir fórmulas y 'sintagmas cristalizados' de pensamientos 'ajenos' con la ilusión/pretensión de estar aportando un real 'valor agregado' o una genuina reorientación teorética a ciertas ideas, problemáticas o asuntos.

Estamos entonces, en ese caso, ante una reproducción empobrecida y banalizante de ciertos conceptos, que podría jactarse de ser ‘innovadora’, ilustrativa para la mayoría, de poder transmitirse por periódico, radio y televisión, pero que se limita a reproducir, de hecho, cierta Doxa Académica muchas veces ni siquiera bien estudiada o comprendida. Paráfrasis empobrecedora, espectacular, tartamuda, balbuceante, de lo ya establecido y dicho por otros con mayor pertinencia. Es el trivial: 'lo digo con mis propias palabras', característico de nuestros años de bachillerato, pero prolongado sin rubor hasta nuestros años de supuesta ‘madurez política y académica’.

Otros ‘intelectuales’, peor aún — y aquí entramos en el reino postmoderno del plagio entendido en su sentido más abyecto y desfachatado —, se regocijan en los podios de la oratoria y/o de la escritura 'académica' reproduciendo, ¡¡LITERALMENTE!!, como argumentos propios, páginas completas de otros autores de prestigio sin citar con seriedad esas fuentes. Y no sólo ejecutan esta barbaridad que es el robo de estilo y ordenamiento de las ideas, sino que incurren en la ‘paradójica contradicción’ de negar irreflexivamente la ‘cita no citada’ en el contexto mismo del ‘propio’ discurso donde engastan su ‘fraude escritural’…

Es decir, que los pillos de marras ni siquiera entienden correctamente, con pertinencia hermenéutica, la dimensión semántica de aquellos textos que se están robando. ¡Cosas veredes, Sancho!



Publicado en Facebook el 7 de abril a la(s) 0:43

ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO.
Santo Domingo, República Dominicana.




NOTA SOBRE LA NOTA
7 de abril a la(s) 9:53.

Estos mis juicios, que pretenden simplemente incitar a una reflexión sobre ciertas estrategias escriturales y que forman parte de un contexto reflexivo más amplio, los tenía transcritos como nota en el muro de un amigo en facebook, y se me ocurrió, en la madrugada de hoy, ponerlos aquí como entrada.

No creo que tenga valor ahora citar nombres, porque, además de que sería prolijo o no pertinente analizar estos casos en una simple nota (incluido por justicia mi propio caso), convertiría el ejercicio que he realizado en un simple chisme y se perdería la dimensión conceptual que pretendo conferir al problema.

La aproximación hermenéutica se realiza caso por caso, tal como debe aplicarse la justicia. Por ahora, dejémosles al Poeta Adán Aguilar y a Joaquín Balaguer, el "uno a uno como caballeros, o a todos juntos como malandrines."

Ahora bien, llegado el caso de que nos correspondiera analizar una obra de esos autores a los que pudiere aplicarse lo que digo, en uno u otro sentido, procederíamos a desmontar el plagio, si lo hubiese. 

El motivo de que no mencione en mi nota la pertinente conjunción entre la lectura de la tradición y la "sangre en el propio ojo" (Hugo Grisetti), para dar cuenta del origen de un texto mínimamente válido susceptible de llevar nuestra "propia" firma, consistió en el hecho simple de que lo propuesto, (aparentemente para la reflexión), en el muro de mi amigo (cuyo nombre ahora omito pero que podría mencionar), era el estatuto académico de la cita: "citar como argumento o citar como método".

Si nuestro objetivo, por ejemplo, es mostrar que un autor cita a otro escritor o aborda un específico problema de una determinada forma, nuestra labor debe darse por concluida cuando transcribamos y/o comentemos, debidamente entrecomilladas, dichas citas autoriales o temáticas en la dirección previamente señalada como el objetivo de nuestra investigación.

Pero si el objetivo que nos proponemos alcanzar es la elaboración conceptual y sustituimos nuestros propios argumentos, el ordenamiento de las ideas y la redacción de "nuestro" trabajo por una transcripción literal y/o cuasi literal de un texto articulado por otro autor, y para colmo, ¡sin mencionar a ese autor ni entrecomillar lo que él escribió!, evidentemente estamos frente a un PLAGIO. 

En la situación anterior no podría hablarse de "plagio" sólo si desde el principio del trabajo en cuestión especificamos que la estrategia de “citar-parafrasear-plagiar”, forma parte de un tinglado de recursos escriturales, críticos, hermenéuticos y paragramáticos integrados a lo que Roland Barthes, por ejemplo, denominaba estrategias de “desapropiación o desoriginación textual”. 

Ese procedimiento debe incluir, por razones metodológicas, los nombres de los autores con cuyos textos se realizará dicho ejercicio. Así lo hace, por ejemplo, Jacques Derrida en su ensayo La diseminación, en el que aclara: "El presente ensayo no es más que un tejido de citas", y menciona específicamente al escritor y teórico de Tel Quel, Philippe Sollers y su texto Números.

Por otra parte, en toda paráfrasis que realicemos de un autor debemos, por lo menos, mencionar su nombre entre paréntesis. Resulta muy fácil pontificar como genios originalísimos, cuasi-clarividentes, haciendo un uso "discrecionalmente deshonesto" del pensamiento y el esfuerzo de un gran pensador como Gilles Deleuze, por ejemplo, sin conferir su estatuto de cita a la escritura-pensamiento que de su obra hurtamos.

Además, estamos obligados, cuando escribimos, a no desestimar el valor que podríamos y debemos agregar a la referencia que utilizamos como generador textual, mediante nuestro propio esfuerzo reflexivo y nuestro particular acto de escritura transformativo-inventivo (aquí interviene el registro de nuestra experiencia, de sangre y/o de tinta).

Desde luego que la originalidad absoluta no existe, pero ello no debe justificar la chabacanería discursiva ni mucho menos el mero hurto, no de ideas  —que podrían ser, algunas de ellas, patrimonio de una época o de una episteme (Foucault)— , sino de “actos de habla” (Searle, Austin) o de discursos e inflexiones discursivas propios de autores y/o creadores específicos.

Entre la ignorancia y la arrogancia, elijo humildemente la "docta ignorancia".

Abril de 2012.


ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO.
Santo Domingo, República Dominicana.

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